lunes, 1 de julio de 2013

Una historia de verano por entregas


Capítulo I.  
La aparición

Aquel  verano iba a ser diferente. Lo sabía. En realidad era solo una suposición. No había motivos a la vista para que fuera distinto a otros veranos: el mismo lugar, las mismas gentes, la misma pandilla… eso sí, ahora casi todos con un año más. Tal vez fuera lo único que había cambiado, bueno y nosotros, seguramente.

   Aquella tarde subimos a la colina de los zarzales. Lucían, ahora, sus racimos de diminutas moras verdes. Estaba todo igual. La cabaña que construimos en julio del año pasado con troncos, ramas y un suelo de helechos, permanecía casi intacta, salvo el tejado. La nieve del invierno lo había hundido casi por completo. Lo mismo había sucedido con los círculos de piedras de la pradera: el ganado, a fuerzas de días y días tomando allí el sol las había dispersado. Tendríamos que volver a reconstruirlo todo. No nos importaba: teníamos un verano por delante.

    No lo vimos llegar. Ni escuchamos sus rugidos. Tampoco observamos el humo ni las llamaradas que, según decían, lanzaba a su paso. Sin embargo sí pudimos oír los relinchos de las yeguas para que sus potrillos se reagruparan. Instantes después, Lebrel, uno de los perros de Fabio, el pastor, se lanzó colina abajo ladrando de seguido. Parecía cerca, tal vez demasiado como para lanzarnos a una veloz carrera hasta alcanzar las primeras casas del pueblo.  Indefensos y confusos, nos quedamos mudos, sin saber qué hacer. Menos mal que Fabio estaba a un tiro de piedra de nosotros. Esto nos templó el ánimo. Él nos daba relativa seguridad, pues siempre encontraba la 
mejor solución para cualquier problema. 


Capítulo 2. La sorpresa

Esos rugidos sordos, el eco de unas pisadas, -como si un tambor resonara a lo lejos-. Fueron señales suficientes como para correr apresuradamente hacia el bosque. En la carrera vimos cómo Fabio nos hacía señas con la mano para que nos dirigiéramos hacia donde estaba él, un viejo y grueso roble con infinidad de ramas que parecía un enorme paraguas verde. Nos recibió “Rebelde” otro de sus perros pastores.

   - Creo que no os ha visto –dijo el pastor- Ahora será mejor que nos ocultemos aquí. –concluyó para dirigirse al perro y hacerle un gesto de que guardara silencio.
   - Pero sus ovejas… -preguntó Diego preocupado ¿no correrán peligro?-  
   - ¡Chisss!  No os preocupéis por ellas, –dijo bajando el tono de voz- servirán para distraerlo,  así –añadió – puede que no rastree esta zona cercana a la colina.
   Recuperados y más obligados por el miedo que por la advertencia de Fabio, permanecimos un buen rato  en silencio. Y quién no ante aquellos extraños rugidos y el estruendo de los cencerros de un tropel de ovejas corriendo alocadamente y en desbandada.
   Al cabo de un buen rato cesaron los ruidos. Nuestras miradas recalaron en el pastor. Diego volvió a intervenir:
   - ¿Qué puede ser esa cosa?
   - No lo sé –respondió Fabio. Nadie lo sabe.
   - Tal vez sea… algún animal extraño, alguna especie rara y desconocida. –intervine con la intención de darle alguna posible pista.
   - Pero la gente del pueblo habla… - comentó Víctor,  que antes de acabar su frase ya había sido interrumpido por Fabio.
   - No os creáis lo que cuenta la gente, y menos aún a Marcelo –cortó inflexible el pastor- Hay quien no sabe hacer otra cosa que inventar historias.

    Estábamos realmente confusos. Habíamos escuchado los rugidos, el ruido de los cencerros de las ovejas, el eco ronco de pisadas… Pero no vimos ni llamaradas ni humo sobre el cielo azul. Sin embargo todos, seguramente, teníamos un montón de preguntas que esperaban respuesta. Se nos había colado en el cuerpo y en la mente el peso de una gran duda que ocupaba todo nuestro pensamiento: todo nos parecía posible, hasta las historias que habíamos escuchado a Marcelo, el alguacil, sentados bajo la olma de la plaza. Confiábamos en Fabio, eso sin lugar a dudas. Con él salimos de debajo del roble y abandonamos el bosque. Había transcurrido mucho tiempo, tal vez  más de una hora. Luego ascendimos hasta coronar la parte más alta de la colina. Lo que vimos desde allí nos llenó de pena; de pena y de horror;  Todos nos hacíamos la misma pregunta: ¿Quién había podido ser capaz de aquella salvajada?











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